El historiador Pedro Benítez Fernández muestra cómo el llamado Viernes Negro cambió el rumbo económico de Venezuela
POR: Fundación para la Cultura Urbana
La Fundación para la Cultura Urbana, su ciclo de Conferencias FCU dedicó esta edición a reflexionar sobre uno de los acontecimientos históricos que la memoria colectiva venezolana conserva como una herida: el Viernes Negro del 18 de febrero de 1983. El día en que se devaluó el bolívar y, con él, la certeza de que el país estaba destinado a un ascenso sin fin. La pregunta que ordenó la exposición fue tan sencilla como precisa: ¿En qué momento Venezuela dejó de creer que cada generación viviría mejor que la anterior?
La conferencia, titulada «1983: el inicio de la desilusión», estuvo a cargo de Pedro Benítez Fernández, historiador egresado de la Universidad Central de Venezuela y catedrático de historia económica en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello. Esa doble formación, la del historiador y la del economista, nos da la capacidad de poder ver «la película completa» antes que el fotograma de la crisis. La presentación estuvo a cargo de Elías Pino Iturrieta, presidente ejecutivo de la Fundación para la Cultura Urbana, con la conducción de Diajanida Hernández, gerente general de la fundación.
El punto de partida de Benítez fue una advertencia: la historia es siempre la versión presente del pasado, y por eso conviene situar el episodio en la larga duración. El dato que eligió para hacerlo resulta revelador: entre 1934 y 1983, durante casi medio siglo y dos generaciones enteras, el bolívar se devaluó una sola vez. Mientras Argentina, Chile, Brasil o Uruguay padecían procesos inflacionarios traumáticos, Venezuela gozó de una estabilidad cambiaria casi absoluta, con inflación ínfima y salarios de los más altos del mundo, hasta convertirse en un imán para millones de inmigrantes. Dos razones lo explican: haber sido durante décadas el primer exportador mundial de petróleo (lugar que hoy ocupa Arabia Saudita) y el manejo prudente de esa renta entre 1936 y mediados de los años setenta, marcado aún por el trauma del bloqueo de los puertos de 1902.
Ese equilibrio comenzó a romperse con el boom petrolero de 1973, cuando el gasto público se disparó y el país empezó a endeudarse para sostener su tren de inversiones. La crisis de la deuda latinoamericana de 1982, desatada por el alza de las tasas de interés en Estados Unidos, alcanzó por último a la Venezuela menos endeudada de la región. El 18 de febrero de 1983, el presidente Luis Herrera Campins anunció en cadena las medidas cambiarias. En el gabinete se había librado un debate decisivo: el ministro de Hacienda, Arturo Sosa, proponía un control de cambio, mientras el presidente del Banco Central, Leopoldo Díaz Bruzual, defendía una devaluación lineal que la mayoría de los economistas juzga hoy más acertada. Por tratarse de un año electoral y del bicentenario de Bolívar, se impuso la primera opción, germen del sistema que se conocería como Recadi. El golpe fue tanto económico como simbólico. La prensa extranjera sentenció que los buenos años habían terminado.
A partir de allí, sostuvo Benítez, el país cayó en un ciclo de crisis recurrentes (el «paquetazo» de 1986, el Caracazo de 1989, la crisis bancaria de 1994 y la recaída de 1998,) que fueron empobreciendo a la población. Y en ese empobrecimiento situó la médula del asunto, apoyándose en la paradoja de Tocqueville: nada genera más resentimiento que ser despojado de una ventaja ya conquistada. Una sociedad que se había acostumbrado a esperar siempre más vio de pronto cómo la movilidad social prometida se detenía, y volcó su frustración no sobre la coyuntura, sino sobre el propio sistema democrático. Así, la devaluación de 1983 se lee como la antesala de las asonadas de 1992 y del desenlace de la República civil a finales del siglo.
Al cerrar, Elías Pino Iturrieta recordó que esa es la función de la historia: iluminar, desde las cuestiones del pasado, los desafíos del presente. Quizás la conclusión más honesta de toda la exposición sea la que el propio Benítez ofreció frente a quienes culpan al petróleo de la desgracia nacional: durante cincuenta años Venezuela tuvo petróleo y construyó con él una democracia próspera, de modo que la diferencia nunca estuvo en el recurso, sino en el manejo que se le dio. El cambio de modelo que 1983 anunció como inevitable sigue, cuarenta años después, pendiente. No en vano el gran retrato de aquella época, el libro que Moisés Naím y Ramón Piñango compilaron en 1984, se tituló, con amarga lucidez, El caso Venezuela: una ilusión de armonía.
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Puedes ver la conferencia completa de «1983; el inicio de la desilusión» en el canal de YouTube de la Fundación para la Cultura Urbana.
Fundación para la Cultura Urbana
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