«Rafael Vegas, otro enfoque de la generación del 28»

El historiador, Guillermo Guzmán Mirabal, hace una síntesis destacada de la vida de Rafael Vegas desde el archivo personal del propio Vegas.

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La Fundación para la Cultura Urbana cerró su ciclo de Conferencias FCU de 2025 —el de su año aniversario— con una sesión que se propuso rescatar del olvido a una de las figuras más decisivas y, a la vez, menos recordadas de la Venezuela contemporánea. Frente al estereotipo que ha fijado la imagen de la generación del 28 en un puñado de nombres, la conferencia invitó a mirar de nuevo sus márgenes y a descubrir, en un archivo personal recién abierto al público, cuánta historia sigue esperando ser contada. La pregunta que ordenó la exposición fue tan sencilla como incómoda: ¿cuántos hombres que construyeron el país ha terminado por opacar nuestra propia memoria?

La conferencia, titulada «Rafael Vegas, otro enfoque de la generación del 28. Archivo personal 1927-1937», estuvo a cargo de Guillermo Guzmán Mirabal, doctor en historia por la Universidad Católica Andrés Bello, investigador asociado de su Instituto de Investigaciones Históricas y director de la Fundación Red de Historia de Venezuela. Autor de El duelo petrolero entre Raúl Leoni y Lyndon Johnson y de Del acuerdo de Ginebra a la rebelión del Rupununi, Guzmán es, sobre todo, un hombre de archivos, y esa condición se dejó sentir en cada tramo de la charla. La presentación estuvo a cargo de Elías Pino Iturrieta, presidente ejecutivo de la Fundación para la Cultura Urbana, con la conducción de Diajanida Hernández, gerente general de la fundación.

En lugar de repetir la estampa consabida del héroe del 28, propuso dejar hablar al propio Vegas a través de sus cartas. El archivo que lo hizo posible (el mismo conjunto de documentos que la familia entregó en su día a Federico Vegas para que escribiera su novela Falke) fue catalogado, digitalizado y puesto en línea por la Red de Historia de Venezuela, en colaboración con el colegio Santiago de León de Caracas y en el marco de sus setenta y cinco años. Lo que esos papeles revelan es el devenir vital de un personaje excepcional, cuya vida azarosa desmiente cualquier imagen fija.

Nacido en Caracas, en 1908, en el seno de una familia principal emparentada con los Toro y los Herrera, Vegas se formó en el Liceo Caracas bajo la tutela de Rómulo Gallegos, cuya influencia resultó decisiva para el resto de su vida. Estudiaba tercer año de medicina, y dirigía la revista de la Federación de Estudiantes de Venezuela, cuando lo alcanzaron los hechos de 1928: la Semana del Estudiante, su prisión en el castillo de Puerto Cabello, el alzamiento del 7 de abril y, finalmente, el exilio en París. De ahí en adelante, su biografía se lee como una sucesión de vértigos.

Guzmán detuvo la mirada en el episodio del Falke. Vegas no logró embarcarse en la nave y quedó vagando durante catorce meses por el oriente venezolano, escondido como un peón; en ese trayecto sobrevivió al ataque de un chigüire y fue picado por un chipo, contrayendo el mal de Chagas que a la larga habría de acabar con su vida. Escapó a Trinidad, regresó a París y retomó la medicina; una especialización en psiquiatría lo llevó a Barcelona, donde la Guerra Civil española lo sorprendió al frente de un hospital psiquiátrico. De aquellos días dejó una carta estremecedora, en la que confiesa haber vivido «dentro de un manicomio, una revolución», oyendo sin descanso los disparos de los combates y los fusilamientos. En medio de todo ello, una sola idea permaneció fija: la de fundar en Caracas un liceo laico y venezolano, semilla plantada años atrás en sus conversaciones con Gallegos.

De regreso al país en 1937, Vegas volcó esa sensibilidad social en la infancia abandonada: reorganizó la Casa de Observación de Menores, participó en la redacción del código de menores, impulsó el llamado Plan Vegas y el Instituto de Preorientación de Menores, y trabajó junto a figuras como Pastor Oropesa en el Consejo Venezolano del Niño. En 1943, Isaías Medina Angarita lo nombró ministro de Educación, cargo desde el cual emprendió una ambiciosa reforma del magisterio. La política, que tanto había querido esquivar, terminó por reclamarlo. El 18 de octubre de 1945 lo apartó de la función pública un golpe encabezado, con ironía amarga, por sus propios compañeros de generación. Recién entonces, en 1950, cumplió al fin su viejo anhelo y fundó el colegio Santiago de León de Caracas, al que dedicaría el resto de sus días hasta su muerte, ocurrida en 1973.

Al cerrar, Elías Pino Iturrieta recordó que si la historia es una ciencia, su obligación primordial es producir conocimiento nuevo, y que aportes como este obran de antídoto frente a la memoria que se pretende teledirigir desde las alturas. Quizás la síntesis más honesta de toda esa vida esté en una carta que Vegas escribió a Gallegos, en 1937, poco antes de volver a Caracas: «el único proyecto que me preocupa, algo completamente extramédico, es la realización de la escuela de la que tanto hemos hablado». Lo escribió en 1937; lo cumplió en 1950, fundando el colegio Santiago de León de Caracas. En esa terca fidelidad a un sueño de juventud cabe, acaso, la definición más justa de un hombre que ayudó a hacer la Venezuela moderna sin quedar en su memoria.

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Puedes ver la conferencia completa de «Rafael Vegas, otro enfoque de la generación del 28» en el canal de YouTube de la Fundación para la Cultura Urbana.

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