Pedro Plaza Salvati,
ganador del PAT 2016

Un retrato personal
de Nueva York

El conjunto de crónicas con el que Pedro Plaza Salvati ganó el PAT, le permitieron presentar “diferentes niveles del yo” y su mirada de la ciudad norteamericana.

POR: Fundación para la Cultura Urbana

¿Cómo describirías tu libro ganador del PAT?

Lo que me dijo Joan Didion es un libro de narrativa de no ficción de largo aliento, con un sentido no novelado sino de complementación de sus partes para presentar un mundo. Es un conjunto de crónicas en las que se modulan diferentes niveles del yo —desde lo íntimo hasta su presencia casi ausente en La última parada del Bronx— y que se pueden leer de manera independiente, pero que sumadas arrojan un sentido adicional: un retrato personal de Nueva York; la vida sobre tierra y subterránea, la escritura en esta ciudad dura, de amor y odio, el vacío o la abundancia, los mendigos, el perfil de personajes como el de un neoyorquino auténtico y de algunos lugares como una biblioteca donde se suicidan estudiantes. Venezuela está presente de manera tangencial a través de Un sueño corporal, el cuentacuentos de Saint Patrick y Los perros de Washington Square.

¿Cuál de los libros ganadores del PAT recomendarías?

—He leído muchos de los libros ganadores, aunque no todos. Lo que te puedo decir es que todos los que he leído me han gustado, desde la novela, el ensayo hasta el diario. Los recomiendo todos. Hay, sin embargo, una conexión afectiva con el que me tocó seleccionar cuando fui jurado y nos vimos ante el reto de escoger un ganador entre 230 manuscritos. Se trata de El nervio poético, de Alberto Hernández, un libro de naturaleza híbrida, un homenaje a la vida y obra de los poetas venezolanos mediante el empleo de los recursos de la novela, la crónica, la poesía y el ensayo.

¿Tienes alguna manía o rito para escribir y leer?

—No tengo en realidad ninguna manía. La escritura para mí, eso sí, es un rito que inicia con el amanecer. Escribo todos los días, de lunes a domingo, incluso si estoy de viaje, desde bien temprano, alrededor de las cinco y media de la mañana. Cuando no lo hago me siento incompleto. Las primeras horas del día son las más productivas para el esfuerzo más exigente que requiere mucha estamina física y mental. También suelo disponer de algún momento en la tarde para, sobre todo, el trabajo de reescritura. Me va fatal escribir de noche: me produce insomnio y pesadillas. Después de las seis de la tarde trato de que la mente despliegue el aterrizaje lento luego de un largo vuelo cotidiano.

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