Un homenaje a la poesía

Este breve texto son las palabras de agradecimiento de Rafael Cadenas a la Casa de la Poesía J.A. Pérez Bonalde, durante la Semana de la Poesía, en 2002, e incluido en el libro «Aún a tiempo», publicado por la Fundación para la Cultura Urbana en 2023

POR: Rafael Cadenas

Me toca esta noche darle las gracias a la Casa de la Poesía por dedicarme su ya muy conocida semana, un honor que he aceptado con sencillez, pero consciente de la exigencia que entraña, y sin correr el riesgo de preguntarme si lo merecía o no.

El homenaje —esta palabra me turba, pero resulta inevitable— es más bien a la poesía y se lo hacen los poetas invitados.

En realidad, y sin retórica, yo siento que no he hecho mucho, lo que ocurre es que a los amigos míos su generosidad los vuelve excesivos.

Por fortuna, sé quedarme en tierra, con mis límites a la vista y sin riesgo de inflación.

En este sitio que hoy ocupo podría estar algún otro. En Venezuela hay bastantes poetas que lo merecen, pues son maestros de poesía, pero un capricho del azar me ha puesto aquí y no quise eludirlo.

A pesar de haber escrito un libro en defensa de nuestro idioma, me faltan a veces las palabras. Les gusta dejarme solo. Seguramente, pienso, me cobran los años de abandono en que las tuve por buscar sin ellas, codiciosamente, la realidad. Hoy me parece que tal vez sólo se trate de sentir la vida en nosotros. La vida, lo desconocido, el misterio, la naturaleza, el ser, el Tao, el Self o como quiera llamarse eso que no tiene nombre y sobre lo cual nada se puede decir. Aunque la poesía está cerca de ese ámbito infranqueable, apenas le es dable apuntar en tal dirección. Es su legítima vecindad, y su otro costado da a la zona propiamente humana.

Poetas sin una metafísica son sólo señoritos que hacen versos, decía Antonio Machado. Después de Martin Heidegger, la metafísica está de capa caída. En el fondo, lo que el poeta español les pide es que tengan una concepción del mundo. Yo siempre evito la palabra metafísica porque ella intenta vanamente hablar de lo que no se puede, utilizando el pensamiento, que no da para tanto, si bien es el único instrumento que tenemos. Sin embargo, de los grandes poetas se pue de desprender una filosofía.

Yo no voy a hablar de poesía en este momento. Tenemos toda la semana para hacerlo, pero sí quisiera tocar de paso algunos aspectos que me consternan, tratando a la vez de ubicarla.

Una de las ocupaciones a que se dedican con más entusiasmo los seres humanos es la de matarse entre sí. Thanatos no descansa, Ares lo mantiene constantemente ocupado. El sonido que más obstinadamente se oye a través de la historia —dice Arthur Koestler en su ensayo «La explosión cerebral»— es el de los tambores de guerra. «Guerras tribales, guerras religiosas, guerras civiles, guerras entre dinastías, guerras nacionales, guerras revolucionarias, guerras colonia- les, guerras de conquista y liberación, guerras para el porvenir y para finalizar todas las guerras». Es decir, increíble abuso del lenguaje, guerras por la paz.

Sigue diciendo Koestler que estos desastres en la historia del hombre se deben a su excesiva capacidad y urgencia de identificarse con una tribu, nación, iglesia o causa y abogar por su credo emocionalmente, sin crítica (…) así somos llevados a lo poco novedosa conclusión de que el problema de nuestra especie no es de un exceso de agresión, sino de una excesiva capacidad de fanática devoción.

Habría que matizar el enfoque de Koestler. No todo es oscuridad, pues si así fuera no habríamos sobrevivido.

La poesía no escapa de la historia, pero está lejos de su horror, no así los poetas: muchos han sido sus víctimas. Stalin, pongamos por caso, acabó con un buen número de ellos. El horror por la historia se llama por cierto un libro de Juan Liscano, voz clamante e inoída de este país. Creo que tenemos derecho a avergonzarnos de la historia, pero sólo una minoría hace uso de él. A los más esa diosa los llena de orgullo. Sobre la nuestra les recomiendo el libro de Antonio Arráiz Los días de la ira. Allí verán cómo en el siglo XIX los venezolanos se dedicaron con ahínco, casi a tiempo completo, a destruirse. Labor llevada a cabo, conviene recordarlo, por muchos de los héroes de la Independencia.

Detrás de todo el desastre está el poder, y tras el poder nuestro querido ego. La poesía mora lejos del poder, que es malo, al decir de Jacob Burckhardt, un suizo que sabía mucha historia, y acaso sólo siendo impersonal puede zafarse del pacto diabólico de que habla Max Weber.

También está la poesía que hoy nos convoca, lejos de fanatismos. Un poeta fanático sería tan absurdo, por ejemplo, como un psiquiatra fanático, y no es que esté equiparándolos, aunque según Nadezhda Mandelshtam, la poesía tiene poderes curativos. Lejos está, asimismo, de grandiosidades porque ellas alejan a la gente de su realidad extraviándola peligrosamente. Lejos de utopías, pues por impositivas, aunque con buena intención, suelen llevar a destructividades que no se preveían, ejemplarizando paradojas del bien que se truecan en mal. Lejos de nacionalismos porque, parafraseando a Jean Jaurès, un socialista francés, víctima del furor bélico, llevan en sí la guerra «como la nube lleva la tormenta». Lejos de ideologías que ponen barreras entre los hombres impidiéndoles que se den la mano, como quiere Salvador Pániker, por encima de lo simbólico, «a un nivel más hondo y más real».

Pero si le importa a la poesía, y mucho, la justicia, la libertad y la democracia, cuya finalidad acaso sea lograr que la aristocracia gobierne. No se alarmen. Aclaro: aristós son los más capaces, los más solventes en lo ético y pueden provenir de cualquier clase social, cualquier etnia, cualquier partido, cualquier país. Buscaremos a los mejores donde estén, he oído decir durante años a los presidentes, pero no lo hacen. Se limitan a su pequeña tribu.

Hoy pienso que es mejor vivir sin ismos, desnudamente, siendo, con atención, wholeheartedly, que es algo así como dándose entero, con olvido de sí, a la luz del instante, lo externo, y no half-heartedly, que significa con la mitad del corazón —me gustan esas palabras inglesas—, en suma, pareciéndose a la poesía que es muy interior, sin mostrarse «poéticos», lo cual es ridículo. Los poetas casi nunca son poéticos ni antipoéticos. Se ha de echar por la borda, suavemente, el lastre —prejuicios, pequeñeces, trabas—, nuestra amada neurosis, pero no toda, pues dicen que algo bueno contiene. Aunque noto que todo esto suena a voluntarismo, cuando se sabe que tales procesos se realizan en parte a espaldas del ego y a veces contra él.

Hace años una poeta muy querida me hizo en una entrevista la pregunta que ya es cuasi ritual de para qué sirve la poesía, pregunta que por reiterativa nos lleva a sospechar que se trata de un quehacer enigmático, puesto que siempre está indagándose su función. Yo le contesté: a la poesía se le sirve más bien, cuando hay suerte. Y sus servidores son los poetas. A través de ellos hace su aparición. Parecería que una vez escoge a uno y otra vez a otro. En ocasiones, incluso se quita su traje y se viste de prosa, entonces es esa la que le sirve de portadora, y asoma en la novela, en el cuento, en el ensayo.

Los autores le dan forma y pasa a vivir en los lectores que la recrean. Al hacerlo, en cierto modo, son también poetas. A veces se ausenta y hay que salir a buscarla; esto puede ocurrirle a un poeta o a una época en un país. Ella es como una gran construcción creada por todos los poetas, y me parece inseparable del trabajo interior de cada uno de ellos. No la concibo separada de esa tarea. En tal sentido, tiene un lado extraliterario. Antonio Machado, de nuevo Machado, la ve como un «yunque de constante actividad espiritual», y también psíquica, podría agregarse. Pues bien, esta semana sus servidores estarán en contacto con ustedes y con nosotros. Sin duda, van a nutrirnos con sus lecturas y conversaciones.

Ellos vienen de muchos países, lo cual nos dice que la poesía en esta época se ha vuelto más internacional que nunca, como lo es el mundo actual, en el que encaja muy bien nuestro país porque ha sido siempre muy abierto, muy amplio, muy universal, y seguirá siéndolo. La república de las letras se ha ensanchado hasta alcanzar la dimensión a que, por su espíritu, estaba llamada.

Sólo me resta decirles a nuestros invitados que se sientan como en su casa, at home, con libertad para decir lo que quieran. Aquí no se controlan los espíritus, este es un país todavía democrático, y pedirles también, por supuesto, que se olviden de mí. Vamos a festejar la poesía. Es ella la que va a ocupar la escena. Gracias.

Rafael Cadenas
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