Tres poemas
de Juan Liscano

Los poemas que se presentan a continuación pertenecen a la «Obra poética completa (1939-1999)», publicada por la Fundación para la Cultura Urbana, en 2007

POR: Fundación para la Cultura Urbana

POEMA

Quiso reconstruir las desaparecidas casas

con las palabras vivas de sus constructores,

aquellos hombres grandes en el sol.

Su infancia los miraba con fervor.

Ahora las caras están a oscuras

en la sombra de la memoria.

 

—¿Recuerdas los ramajes, los nidos?

—Recuerdo el alto de la casa.

—¿Los jardines ocultos del alto?

—Sólo el alto, vacío.

 

Cancel, postigos, alféizar con marcas labradas,

poyos —y aquellos hombres en el día.

demolidos también como las casas—

portal, ventanas con romanillas, jambas,

alero-ecos de voces de mando y ordenación

parhilera, cañas amargas, cielos rasos,

claraboya… Nada subsiste ya, nada,

y las palabras escritas en un registro

sin destino.

son módulos para imaginar la reconstrucción.

En la vigilia,

se vuelven a alzar los muros

de tapia y mampostería,

el aire caliente pasa

por el calado del entreportón

refrescando los corredores,

los arcos trazan su media luna,

las pilas y los helechos se dan vida,

la trinitaria cobija al tinajero.

 

No quedó nada de la ciudad chiquita,

no están las casas

con zaguán,

ni las aceras altas con barandas

de cañones de fusiles federales,

ni aquellos hombres poderosos

de sol y sombra.

 

—Ni él, tampoco él, pasa veloz…

—Se va, es una ráfaga… ¡detente!…

—¡Escribe, defiende lo edificado en tu vigilia!

—¡Retente a ti, y escribe, escribe todavía!

 

Se esfuma, se pierde corriendo,

casa adentro, hacia el último patio,

hacia el corral sin tapias,

hacia el vacío.

 

 

CARACAS

Llueven ranitas del Japón

su canto limpia la sierra

las interminables vidrieras

el humo de los basureros

el aire zumbante de gasolina

y en el atardecer

la asfixia el asma y los virus

como corales abren sus ramajes

donde se posan las ranitas del Japón

 

 

CASA O COSA

A Hanni Ossott

Desvirtuadas las casas en la ciudad reciente

—ya tan gastada por su novedad en ruinas,

por el trajín las manchas: hongales voraces,

los desperdicios indetenibles.

la gente, la multitud, la muchedumbre, la masa—

se vive en cosas construidas para estar sin casa.

 

—Quiero olvidar lo que da pasto a la memoria.

—No olvida quien quiere sino quien puede.

—Olvidar deslumbra, es éxtasis, no tiempo…

—Quien las tuvo, nunca olvida casas abuelas.

 

Si la memoria no fuera mansión inolvidable

importaría poco mudarse, vagar, pasar,

quedarse un rato entre los pisos,

subir, bajar, cambiar de espacio ¿a cuánto el metro?

cultivar la jardinera, colgar cuadros,

llevar, traer maletas, dormir sin gran descanso,

asomarse por momentos a los respiraderos,

medir los pasos,

inventar cada vez

una necesidad de abrigo temporal.

 

Pero la memoria es castillo y palacio.

iglesia alzada contra la duda y el olvido,

de nada vale rehuir sus dictados tenaces,

sus invenciones legendarias:

los vestigios de algún orden dichoso

de ayer o de nunca elaborando nostalgia

y todo vuelve a ser casa guardiana, femenina.

 

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