Tres poemas
de Gabriela Kizer

Esta muestra de poemas pertenece al libro En Falso, publicado por la editorial española Visor junto a la Fundación para la Cultura Urbana

POR: Gabriela Kizer

TONO

Conozco el nervio, la cadencia

pero no hay piano detrás,

tan solo el rastro de una voz

que aquí respiro de memoria

y no sabría en cuál compás comenzar

o en medio de la canción

cómo detenerme y hacer chanzas

como si no hubiese más

que un poco de swing

entre los presentes,

una pulsación

que de pronto nos atravesara

y no esta letra hecha

que no sabe quebrarse,

susurrar, enronquecer,

demorarse en la delicia

de una ondulación

o diluirse

como un terrón de azúcar

o de sal

bajo la lengua

un piano

intensamente esperando

lo que sucedería entre nosotros

si distinguiera el compás,

si pudiera ofrecer

—gustosa, tarareando—

el corazón de pasto

a cada nota que escuchara

o suspenderlo

entre una tecla y otra

si pudiera

de una palabra a otra

sostener

su levísima vibración

como de cuerda percutida

no débil, dudosa o quebradiza

pese a la inmensidad de muerte

que le aguarda (¿cuántos labios cerrados?).

La mitad muda de la música está aquí

—sopla Tranströmer en mi oído—

buscando el tono.

 

SIETE VIDAS

Conocí la tristeza

una lluviosa mañana de enero

poco antes de cumplir cincuenta años.

 

Yo, que creí que me las sabía todas,

comprendí de pronto que mi amante

no me quería tanto como decía.

 

No se aguaron mis ojos

(eso ya había ocurrido la tarde anterior

y la tarde anterior).

Tan solo le pasé un trapo con Maderol

a la mesita hindú de la sala

y luego un trapo seco

para que no se le fuese a empegostar

la caja de cigarros.

Pero fue un gesto escéptico, casi frío.

 

Miré sus lámparas y el amor

con que las había puesto hace nada.

 

Supe también que la palabra «empegostar»

es un americanismo y no figura

en el Diccionario de la Real Academia.

 

Repasé su piel, su ser, su rostro,

enteramente su cuerpo en la memoria,

y reconocí asimismo cuánto me los sabía.

Cuánto y cómo me los sabía.

Pero me dio flojera buscar la palabra

que reflejara esa intensidad.

 

Uno tiene derecho a sus venganzas,

me dije.

 

Durante toda la mañana

el sol estuvo saliendo y ocultándose.

 

Supe, por último, que seguiría buscando en sus ojos

la palabra definitiva,

que mi amor no caería de pie.

 

Pensé en los amores que tienen siete vidas

e intenté precisar por cuál íbamos.

Tal vez por la quinta, me dije,

quedan dos.

 

CAÍDA

La herida, sí, la herida.

La caída de los patines,

no del paraíso.

Y el olor a alcohol, insoportable.

 

Sople, por favor, sople.

 

Deme el instante que sucede al desmayo,

la calle apareciendo en su lugar,

la costra incipiente, el sobresalto

de mi rodilla ardiendo,

de mi rodilla pelada frente a Dios.

 

Por favor, sople, sople.

Gabriela Kizer
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