Tres poemas de Arturo Gutiérrez Plaza

Estos poemas forman parte del libro El cangrejo ermitaño, publicado por la editorial española Visor junto a la Fundación para la Cultura Urbana

POR: Arturo Gutiérrez Plaza

HOGAR

Vivo en esta ciudad, en este país despoblado,

avergonzado por sus propios fantasmas,

confinado a cuatro paredes hurañas.

 

Vivo en cuartos vacíos.

En habitaciones que a ratos se encogen

expulsando todo aquello

que hasta ayer me acompañaba.

 

Vivo en su centro como viven los moluscos,

babosos e invertebrados, cordializando

con la concha que los protege.

 

Doy rondas, tanteo su superficie,

hago trampas: intento horadarla

guardando la esperanza de encontrar

respiraderos al otro lado.

 

Pero soy de acá, este es mi hogar

y aunque me vaya, aunque me escape lejos,

este encierro siempre será mío.

 

Vivo como el cangrejo ermitaño,

como un decápodo errante,

refugiado en conchas vacías,

atrapado, impenitente, confiado

en la bondad de alguna ola que me arrastre

o termine de ocultarme en la arena.

 

EL VIAJE

A Alexis Romero

 

Cuando se inicia el viaje,

cuando verdaderamente comienza,

ya no se tiene memoria de la partida.

 

Ya no se sabe,

siquiera,

cuál era el destino previsto:

la posible travesía.

 

Pues todo viaje es también,

secretamente,

un pacto con el olvido.

 

Una forma de levar anclas,

de alejarse de las súplicas de los náufragos,

de aquellos lentos ahogados

que estuvieron en uno

y ahora yacen

en el fondo

lodoso

de nosotros mismos.

 

LABOR

Uno lo que hace es vivir,

guiñarle, de vez en cuando, el ojo a la vida

para que se sienta a nuestro lado.

Apilar los periódicos, alineados

como ladrillos, hasta levantar un muro alto

donde el tiempo se reconozca.

 

Uno no sabe hacer otra cosa

sino vivir,

tomar el café, en lo posible

caliente, y pagar

puntualmente lo que se pueda.

Recordar en las mañanas —porque dicen que también del «recuerdo se vive»—

buscando entre todas las gavetas

sin encontrar lo buscado.

 

Uno con el peso de los años

intenta llevarse bien con los vecinos

y aprende a guardar la calma

sin maldecir más que lo imprescindible:

el reloj despertador y los espejos.

 

Uno, en verdad hace lo que puede.

Arturo Gutiérrez Plaza
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