¿Qué es eso
de filosofar?

Extracto del ensayo "¿Qué es eso de filosofar?", publicado en «Ensayos y estudios (II)», de Juan David García Bacca, por la Fundación para la Cultura Urbana

POR: Juan David García Bacca

La gente tiene ideas muy extrañas sobre qué es filosofar.

Y digo «extrañas», porque ésta es la palabra que emplea la gente al tropezarse con un filósofo.

Y esta extrañeza se extiende a lo más imprevisto: es extraño que un filósofo vaya bien vestido, es extraño que le guste beber, es más extraño aún que se dedique al amor, es extraño hasta que esté en este mundo y que no sea un bicho raro y monstruo inclasificable.

Ser filósofo es una cosa sumamente sencilla de decir; es vivir dos veces despierto, es una vigilia en segunda potencia.

Todos podemos vivir despiertos en primera potencia y distinguimos vitalmente entre reposo y vigilia. El plan de vida de estos dos estados es diverso, lo es el número de objetos, el trato con las cosas. las vivencias que en nosotros suscitan.

Dejando aparte otros distintivos de ambos estados, se puede decir que el estado de vigilia frente al de sueño añade esa poquita cosa que llamamos «saborear». Y saborear no es simple- mente tragarse un objeto, es catarlo. En el estado de sueño nos tragamos los objetos, desfilan vertiginosamente por nosotros sin dejarnos más que la impresión descuartizante de los torrentes sobre la tierra. Penetran tan poco las cosas que apenas si la memoria se da por enterada de su paso.

El hombre despierto nota que es vino lo que está bebiendo, sólo el filósofo nota qué es eso de vino. Y esta pequeña diferencia, entre «que es vino» y «qué es ser vino», separa el estado de vigilia en primera potencia, que es el estado de la gente, del estado de vigilia en segunda potencia que es el estado de los filósofos. Y naturalmente, desde este segundo estado de vigilia, el anterior parece sueño. La vida del hombre ordinario, nuestra vida de todos los días, es verdaderamente sueño comparada con la auténtica vida del filósofo.

Para que el filósofo viva dos veces no es preciso que sea externamente un bicho raro: externamente bien poco se distingue un hombre dormido del mismo despierto.

Catar y saborear una cosa presupone el simple gustarla; el auténtico filósofo tiene que gustar y probar todas las cosas, más gustarlas catándolas y saboreándolas, relamiéndose largamente en ellas.

La impresión que el filósofo recibe ante la manera como la gente trata con las cosas se puede resumir en la frase vulgar, a la que no doy matiz alguno despreciativo, de que todos son unos «tragones». Hay que ver la cantidad y calidad de cosas que la gente, aun la gente «bien», se traga. Todo eso que se llama «Credos» —religiosos, políticos, axiomas, verdades evidentes, dogmas tradición— no son sino listas de cosas «a tragar» por tragones profesionales, llámense como se llamen, aunque tengan el nombre de científicos, de fundamentación axiomática de las ciencias, de disciplina, de respeto a Dios y su Iglesia.

Y esto, repito, no es una crítica: es un hecho respetabilísimo y hasta necesario para los pobres mortales, tan necesario, respetable y normal como el estado de sueño. Todos tenemos que dormir cierto número de horas durante la vida: tiene que dormir el entendimiento y la voluntad, y tienen que dormir las facultades de acción.

Ponerse a creer es un ponerse a dormir el entendimiento, y hay que saber creer bien como hay que saber dormir bien, para que los dos, «sueño y creencia», sean vitalmente provechosos.

Sólo se puede vitalmente ser filósofo o estar filosofando muchísimo menos tiempo que el que se puede estar despierto.

Esta vigilia de segunda potencia gasta muchísima más energía que la vigilia de primera potencia, gasta más energía y es muchísimo más peligrosa.

Todo eso de escepticismo, ateísmo, herejía, materialismo. idealismo… son enfermedades de filósofos que no han podido soportar vitalmente esta vigilia de segunda potencia.

Naturalmente, los que sólo están despiertos en primera potencia tienen muchísimas más enfermedades que los despiertos en segunda, sobre todo, una enfermedad sutil que se llama inconsciencia o sonambulismo mental.

El sonambulismo ordinario puede llamarse sensitivo; la vida de vigilia ordinaria lo corrige por superación. Pero respecto de la vida despierta, propia del filósofo, los mortales llevan una vida de sonambulismo mental. Y no hay filósofo que pueda disimular perfectamente, aun con toda la urbanidad, la impresión del ridículo que la vida despierta ordinaria le presenta en mil ocasiones.

Y para que nadie lo tome a injuria diré que todos pueden llegar, si quieren, a vivir en plan vital filosófico. Si quieren, y, añado, si se atreven.

Por mil motivos hemos perdido ya el pánico vital a pasar del estado de sueño al de vigilia. Pero por otro millar distinto de motivos la mayoría tiene un pánico terrible a este nuevo grado de vigilia que se llama filosofar.

El miedo a las ideas, el miedo a pensar por cuenta propia —disimúlese bajo la forma discreta que sea—, es tan común que llega a contaminar a los mismos filósofos y hacerles dudar de que estén despiertos y hacerles creer que ven visiones.

Es relativamente fácil dar la vida por una idea, hasta armar guerras civiles por una idea, pero esos mismos que tan valientes son para dar su vida o regalar la del prójimo en aras de una idea son, de ordinario, incapaces de ser valientes contra tal idea y de examinarla serenamente.

La gente tiene unas prisas terribles e inaguantables de poseer lo que llaman verdad, toda la verdad, de que haya quien les dé todo hecho, pensado y digerido, cuando la verdad, tal cual se entiende por ahí, es lo más inasimilable y mortífero que hay.

Es espantosamente verdad que dos y dos son cuatro; tan irreformablemente lo es y tan cristalizadamente que al entendimiento le sucede con ella y otras de su especie lo que al estómago con los diamantes: que son inasimilables. Cuando uno está convencido de que algo es verdad —que es necesario, eterno, inmutable—, es preciso que esté convencido también que es él mismo verdad, que es inmutable, necesario y eterno, de otro modo será imposible asimilar y vivir vitalmente tal verdad. Las verdades en los mortales se encuentran, como los diamantes en las montañas, en soledad extraña, con aristas desgarrantes, refulgentes y atontadoras.

Toda verdad, tal como se concibe por ahí, es un diamante ideal, cristalizado sin remedio y para siempre; por mucho que nos gusten las piedras preciosas, por muy inmutables y consistentes y refulgentes que sean frente a los vulgares y corruptibles alimentos, a nadie le da la tentación de suicidarse comiendo nada más que piedras preciosas. Mucho más eternos seríamos si fuésemos de diamante, seriamos eternos con la eternidad muda de las piedras.

La verdad en cuanto tal es inasimilable y asesina.

Lo que sucede es que la gente, aun la que se dice estar en la verdad y saber las mil y una verdades, jamás ha tratado de asimilar la verdad. No han pasado de repetirla con fe, con fe desesperada, a ojos cerrados; no han hecho más que tragarla.

Creer una verdad es la gran defensa vital contra la verdad. La fe en verdades no mata sino que vivifica. Lo que mata es vivir una verdad.

Por eso dice el Antiguo Testamento: ¿Quién puede ver a Dios y vivir? Y para que la visión beatífica no nos mate dicen los teólogos que es preciso un conjunto de entidades sobrenaturales que eleven el entendimiento y la voluntad y la esencia misma de alma a un tipo de vida superior, más resistente y casi divino.

Los dichosos que han visto la Verdad en sí, que dicen que es Dios, al volver a este mundo no han sabido decir sino negaciones y más negaciones. Y es muy natural que, si Dios es la Verdad infinita, y este atributo de infinita no es algo postizo y periférico sino esencial a la verdad el ser infinita, quien pretenda vivir a Dios y la Verdad tendrá que vivirlos como infinitos; y para simples creaturas como nosotros vivir lo infinito es simplemente morir reventados y ahogados.

Por este motivo he llamado a la fe defensa vital del entendimiento contra la verdad.

Juan David García Bacca
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