Esta selección de textos pertenece al libro «Mínima expresión: una muestra de la minificción venezolana», una investigación hecha por la escritora y profesora, Violeta Rojo, publicado por la Fundación para la Cultura Urbana
POR: Violeta Rojo
El mandarín – José Antonio Ramos Sucre
Yo había perdido la gracia del emperador de la China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y des-dentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito. Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el develamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes. Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado a los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban a sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilentes. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos.
Textos del desalojo IX – Antonia Palacios
Al principio éramos muchos.
Andábamos dispersos, intentando tocarnos, escucharnos. El sitio era muy vasto y apenas alcanzábamos un leve roce, un fugaz acercamiento.
Algunos se escaparon. Otros comenzaron a ignorar los elementos, comenzaron a cambiar costumbres tanteándose en silencio, ciegos y sin aliento.
Después fuimos muy pocos, apenas dos o tres, muy juntos y temblando. Al fin tan sólo uno.
Uno tan sólo. Y la febril espera comenzó a extenderse por encima del desierto.
El náufrago – Ednodio Quintero
Los barcos navegaban muy lejos de la isla: sus siluetas oscuras se reducían a puntos diminutos en el horizonte. Sin embargo, el náufrago, que llevaba muchos años en la isla desierta, alimentaba la esperanza de que un golpe de suerte cambiaría un día su destino. Imaginaba un barco imposible anclado en la bahía. Y se veía a sí mismo nadando en dirección a la nave, braceando desesperadamente sin aguardar el bote de rescate.
Al amanecer de un día cualquiera, arrastradas por el oleaje comienzan a llegar botellas, frascos, ánforas, garrafas y toda suerte de vasijas flotantes que contienen mensajes suplicantes de otros náufragos. Y la isla se expande en todas direcciones ante aquella interminable avalancha de mensajes. Crece de tal manera que al atardecer ya se ha convertido en un inmenso continente.
Encaramado en la roca más alta, el náufrago contempla. la vastedad de sus dominios. Sonríe con amargura y lanza un feroz alarido que resume su infinita soledad.
Por miedo a los espejos – Harry Almela
Fue por esos días cuando perdió el gusto de mirarse en los espejos. No era nada en particular. No era. por ejemplo, el pánico a quedarse allí volteado, respondiendo con la mano izquierda lo que hacía de este lado con la derecha. Tampoco era el mirarse repetido allí hasta cien veces, como cuando jugaba en su niñez a ser la bailarina de la pandereta que tenía en su mano una pandereta con una bailarina y así hasta el cansancio o el vértigo. El asunto era más elemental. Sería pánico de pensar que podía llegar a parecerse a alguien que no conociera, Mirarse en el espejo era cansarse de su propia imagen y poder comenzar a parecerse a otras personas. Sólo recordaba la traición y la guerra, el pacto que tuvo que hacer con el mal para mantenerse a flote mientras duraba esa tormenta
—Era mayo, se decía en voz baja. Era mayo y yo era un hombre.
Los rinocerontes y el amor – Alberto Barrera Tyzska
Un rinoceronte enamorado es casi una tragedia. Nunca sabe qué hacer. Raspa, durante años, su lomo contra los robles más viejos. Con frecuencia se equivoca. Suspira demasiado, gruñe, espera que salga la luna y se empeña en demostrar que puede mojar con su lengua la punta de su cuerno.
Un rinoceronte enamorado es siempre un homenaje a la estupidez. Olvida su tamaño, su furia, su fuerza.
Y es capaz de repetir el tonto gesto de las serenatas, el suicidio de las simples margaritas. Pasa meses sentado frente a Hiroshima mon amour, por supuesto.
Un rinoceronte enamorado no asusta a nadie. Tal vez por eso, siempre fracasa.
Cotidiana – Miguel Gomes
Tras una discusión, coloqué a mi mujer sobre la mesa, la planché y me la vestí. No me sorprendió que resultara muy parecida a un hábito.
4-a – Juan Carlos Méndez Guédez
En la vida no hay otra justicia posible que el azar, leyó el médico entre la fatiga de los ojos y el sopor del brandy. La frase de Borges lo impactó doblemente: por desconocida, y sobre todo por exacta.
Desde ese instante, todas las noches se despide de la enfermera con las palabras de rigor:
—Estoy en mi casa, el paciente está delicado, cualquier emergencia me llama por el buscapersona.
Cuando llega a su apartamento junto con la copa de licor toma entre sus dedos la moneda. Al lanzarla, la luz de las lámparas la nutre con exiguos destellos. Luego es el tintineo sobre el piso, el oscilar de las dos caras. Si aparece el rostro de Bolívar, el buscapersonas permanece encendido durante la no-che y es posible cualquier aviso. Si por el contrario aparece el sello, el doctor extrae las baterías del aparato y las coloca sobre la mesa.
En la vida no hay otra justicia posible que el azar —susurra mientras camina hacia el cuarto y su esposa lo aguarda en la capa más profunda del sueño.







