Los pesebres
o nacimientos

Relato perteneciente al «El libro de la Navidad venezolana», publicado por la Fundación para la Cultura Urbana y compilado por Efraín Subero

POR: Efraín Subero

Entre las más típicas y bellas tareas decembrinas, está la construcción del pesebre o Nacimiento familiar. Ningún hogar deja de hacerlo, pues ello equivaldría a la ruptura violenta con una costumbre que ha cobrado fuerza de padres a hijos por espacio de ruchos años. Tan interesante y poética es la elaboración del pesebre, que bien se merece una descripción fiel y pormenorizida.

Sobre una mesa de buena proporción, o sobre una superficie mayor hecha con tablas, comienzan por colocarse pequeños troncos, ramas de aromático estoraque, cartones sólidamente atados, y todo cuanto pueda servir para formar una resistente armazón. Terminada ésta, se cubre con telas teñidas de verdes y ocres, remojadas en agua de almidón para que al secarse adquieran consistencia. Secas ya, cubierta totalmente la rústica armazón, quedan concluidos los «accidentes topográficos» del pesebre: las montañas con sus elevadas picachos donde señorean
los cóndores de papel; con sus laderas que dan vértigo y son el sitio favorito de las cabras montaraces hechas de plastilina: el cañón por donde pasará rugiendo el río de celofán; las pequeñas mesetas donde habrán de levantarse policromas aldeas, por sobre cuyos techos sobresale airosa la torre de la ermita. Para darle luminosidad al pesebre se espolvorea sobre la tela de los cerros talco mineral, fabricando relucientes laminillas de mica molida. En todo el centro del pesebre, en lugar de honor, se destina de antemano el sitio donde irá la Sagrada Familia.

Cumplida esta primera parte, entra en funciones otro de los más característicos elementos del Nacimiento: el musgo que crece en las sombrías y húmedas oquedades de montaña adhiriéndose a las piedras, a la corteza de los árboles, al suelo mismo, y que tiene la propiedad de conservarse en estado de vida latente. Estos humildes criptógamos tienen a su cargo dar animación a los cerros poblándolos de vida vegetal. Con musgo se traza el borde de los caminitos serranos, se imitan las manchas boscosas y se llena de gracia vital el muerto color de los trapos teñidos. Finísimo aserrín y arenillas doradas remedan luego los senderos y carreteras polvorientas. Diminutas ramas de estora que forman bosques espesos y profundos donde sólo penetra el sol de los venados, pero no puede haber paisaje sin río, sin lago ni cascada.

Efraín Subero
Artículos más recientes

    Biblioteca
    FCU
    Lecturas
    recomendadas

    te puede interesar