Leer también
es un peligro

Texto extraído de «El Quijote en Tierra de Gracia. 18 lecturas venezolanas», publicado por la Fundación para la Cultura Urbana, en el año 2005

POR: Alberto Barrera Tyszka

El primer Quijote que leí tenía dibujitos. Es decir, el primer Quijote que leí no era en realidad el libro de Cervantes. Supongo ahora que sería una edición abreviada, resumida, incluso recreada, de la obra; ilustrada copiosamente, supongo también, para tratar de motivar la lectura de unos niños que recién acababan de ver al hombre llegar por primera vez a la luna: la televisión era la madre de todas las aventuras posibles.

Unos años más tarde, me asomé a la versión completa, al original. En esos años, no sentía tanto temor, o tanta desconfianza, como ahora, ante los libros largos, ante el desafío de ponerme frente a más de mil páginas escritas. Trepaba a la cama cargando ese grueso tomo que mis hermanos confundían con un diccionario. La perplejidad era mayor cuando, unas páginas después, me oían reír mientras leía: ¿qué clase de persona es capaz de divertirse leyendo un diccionario?

Lo primero que descubre cualquier joven que se atreve a leer El Quijote es que, justamente, el libro no es lo que pensaba. Muy pronto se desvanece la pompa que lo envuelve, las vestiduras de libro oficial, consagrado por la historia y por la academia. Se trata, más bien, de todo lo contrario. Me atrevo a más: probablemente, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha fue el libro más subversivo que leí durante mi adolescencia. Y la frase anterior no es una metáfora. Todavía puedo recordar el asombro gozoso, el desconcierto divertido, cuando leí por primera vez la magistral picardía con que Cervantes ponía a sus personajes a transitar entre flatulencias, por ejemplo. Descubrir que el gran clásico de nuestra lengua era un libro vulgar y mundano fue para mí una revelación ética y estética, una gran terapia para mis catorce años, una experiencia hondamente liberadora.

A medida que avanzaba en la novela, o que la novela me iba devorando, fui entendiendo que no había, en esas páginas, una aventura inocente, un monumento lejano y vacío, un tópico obligatorio en el sistema educativo de todos los que hablábamos español. No. Para nada. Con aquel libro grueso y pesado aprendí que la literatura es un arte carnívoro, feroz, imprescindible: que lectura y locura no sólo son dos palabras que riman fácilmente.

Ya se sabe: ningún libro es igual a sí mismo. Cambia cada vez que lo leemos. Leer es un verbo flexible, móvil. Por eso los libros son fieles a nuestra edad, al paso del tiempo por nosotros, a la vida irregular de nuestras contradicciones. Así he encontrado diferentes Quijotes a lo largo de los años. Él ha sido héroe solitario, obstinado enfrentador de imposibles, protagonista de la libertad extrema, y también un desquiciado furibundo, un tirano que desea imponerle al prójimo su caprichosa versión de la realidad, o un extraviado acompañante de ese monumento al sentido común llamado Sancho Panza.

En medio de todas esas posibles lecturas, sin embargo. hay dos elementos que siempre se han reiterado de manera constante y que son, sin duda, parte de la celebración que representa para mi esta novela. El primero está ligado a un aspecto particular de la relación entre Don Quijote y Sancho Panza: el diálogo. Siempre he sentido que la novela de Cervantes construye un homenaje, vivo y en constante movimiento, a la conversación. En este sentido, la novela es también la narración de una larga plática entre sus dos personajes centrales: es casi una fecunda tertulia acontecida por una serie de eventos espectaculares, por algunos sucesos que, por momentos, incluso dan la impresión de ser azarosas interrupciones del diálogo protagónico.

Pero no se trata de un eterno intercambio de informaciones, de monólogos intercalados, de un simple juego de voces en la estructura de la novela. Lo trascendente de la conversación, en Don Quijote, es que transforma a los personajes. Ambos hablan, pero ambos también escuchan. Se dejan mover por las palabras del otro, permiten que la misma plática produzca mudanzas en sus formas de ver la realidad y de verse ellos mismos. No son personajes intactos, de principio a fin; sufren mutaciones importantes y, en esas variaciones, siempre participa la vivencia de hablar y de oír al otro.

Moralmente, también me gusta pensar que el nacimiento de la novela, al menos en nuestra lengua, es un gran ejercicio de tolerancia, una gran fiesta de la conversación.

El segundo elemento tiene que ver con el poder que Cervantes le otorga a la lectura. Es un poder fundacional, es el poder originario que convierte a Alfonso Quijano en un personaje de aventuras, en una vida digna de ser narrada, contada también en otro libro.

La idea de la lectura como experiencia incontrolable siempre me ha cautivado. La lectura como una zona de sombras, donde no hay gobierno posible, donde incluso se pueden activar desórdenes insospechados, donde habita una amenaza para el rigor rutinario de la sensatez. «Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros», advierte Cervantes desde muy temprano, desde los primeros párrafos, mostrándonos que la imaginación, el sueño o la ficción son espacios desocupados que, en cualquier momento, pueden ser tomados por las palabras, activados por la literatura. Supongo que para cualquier escritor ésta es una posibilidad maravillosa: los libros como un gran riesgo, la lectura como vivencia que puede cambiar radicalmente la existencia.

También es ésa la seducción de El Quijote: leer es entrar en contacto con una forma de delirio. La buena literatura siempre es un peligro.

***

Ilustración: Luis Tasso (1894)

Alberto Barrera Tyszka
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