Para celebrar el aniversario de Caracas, compartimos un fragmento del libro «La ciudad venezolana. Una interpretación de su espacio y sentido en la convivencia nacional», de Silverio González Téllez, número 30 de nuestra colección numerada
POR: Silverio González Téllez
La ciudad hidalga y su dinámica
La ciudad hidalga fue aquella que surgió con los primeros conquistadores y sus descendientes en los primeros dos siglos de la colonia (XVI y XVII). Su particular signo fue el establecimiento militar y legal de una posesión, un dominio sobre el nuevo mundo, a partir de una identificación con el mundo hispánico. Su incipiente tejido social es monárquico, jerárquico e imitativo de la corte. Los dueños de los nuevos dominios se revisten de una particular hidalguía, de pretendidas noblezas, de vinculaciones con la corte imperial. Ángel Rosenblat (1977: 88) lo dice así:
«ya en la misma hueste conquistadora, y aún más al constituirse la sociedad hispanoamericana, se produjo una nivelación igualadora hacia arriba, una hidalguización general. La victoriosa empresa de la Conquista hizo que todos se sintiesen señores, con derecho a títulos, y adoptasen como modelos los usos, entre ellos los usos lingüísticos, de las capas superiores».
Es una ciudad positiva, con un orden ideal, traducible en una trama cuadriculada, porque la sociedad que proclama es impuesta como buena y ordenada, haciendo tabla rasa, contra el sentir y pensar de indígenas, africanos y pardos, ni siquiera considerados humanos en la primera etapa de la colonia.
El trazado reticular de la ciudad se inicia con una plaza llamada mayor, en donde la picota del castigo ocupa un lugar privilegiado. Los primeros edificios que rodean la plaza, en realidad apenas casas de tejas en la Caracas del siglo XVI, son la iglesia, el cabildo, la casa del gobernador o la casa de la audiencia. Resalta la cruz sobre la erguida y modestísima cúpula de la iglesia. Le siguen los conventos religiosos y templos, y posteriormente las casas y solares de las primeras familias. Ya en la periferia se encuentran los ranchos de sirvientes y artesanos de menores recursos, «es la forma clásica de segregación urbana preindustrial, reproducida en la ocupación interna de la cuadrícula» (Villanueva, 1995: 56).

Caracas. Joseph Carlos de Agüero. 1775. Archivo General de Indias
La ciudad es el lugar de la implantación adelantada de Occidente en el nuevo mundo, reservada para las elites blancas y sus séquitos, mientras que la mayoría de los indígenas y esclavos se localizaba en los caseríos que se encontraban dentro de las unidades de producción agrícola o en los cruces de caminos, cuando no completamente dispersos en las llanuras o escondidos en selvas y montañas (Carvallo y Hernández, 1983; Briceño Guerrero, 1994). Ella, la ciudad, representa la punta de lanza de una penetración que si bien no le negó al indígena su condición humana, sí lo considero débil, vulnerable e ignorante, por lo cual debía estar bajo la encomienda de peninsulares debidamente reconocidos por la corona.
Los hidalgos de Indias tenían un «estilo de vida ficticio» (Romero, 1976: 74), puesto que la hidalguía era, en rigor, una ideología de supremacía racial traicionada por las exigencias primarias de la riqueza como único medio real de ascenso social. En efecto, era después de ser propietario de extensas tierras que se definía el estatus del hidalgo, con su respectiva membrecía en el cabildo, y no al contrario (Morse, 1962). En vez de asumirse como una burguesía mercantil, tan a tono con otras ciudades libres europeas del siglo XVII, los señores escogieron emular la vida noble y cortesana de la metrópoli imperial, para lo cual se rodearon de riquezas, letrados y sirvientes. Un aire arrogante, de casta superior, creaba un mundo dual, escindido de la mayoría, y al mismo tiempo una sociedad barroca, por sus rasgos marcados, exagerados, en tensión con su contexto, al punto que ha permitido hablar de feudalismo de ciudades por sus tendencias exclusivistas y solitarias (Briceño-Iragorry, 1998: 92). El trabajo era mal visto por impropio de los nobles y caballeros señores más dados al heroísmo militar y a la cortesía. Por ejemplo:
«En las fiestas y saraos la clase hidalga estaba a sus anchas. Allí se encontraban los elegidos, se ejercitaban las delicadas artes de la cortesía y la etiqueta, se coqueteaba y se hablaba de poesía; y además se bailaba y se cantaba, en un ambiente refinado y elegante. Lástima grande que el marco para tan aristocráticas aspiraciones fuera tan modesto: si la casona era confortable y finamente amueblada, las calles eran, salvo unas pocas, de tierra» (Romero, 1976: 88).
La ciudad de la colonia estaba hecha de formas cerradas a la realidad, por tanto, de repeticiones de verdades sin importar el contexto. Se veneraba la forma ordenada y jerárquica:
«La preeminencia de lo cerrado frente a lo abierto no se manifiesta sólo como impasibilidad y desconfianza, ironía y recelo, sino como amor a la Forma. Esta contiene y encierra a la intimidad, impide sus excesos, reprime sus explosiones, la separa y aísla, la preserva […] de allí la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por las fórmulas» (Paz, 1993: 35).
El espacio de los signos imperativos es una tentativa de homogeneización, una paideia (Briceño Guerrero, 1994), que no se realiza en la comunicación. Su primer espacio fue la Iglesia. La salvación del alma dependía de la aceptación de la palabra sagrada administrada por los sacerdotes, desde iglesias que identifican el centro de la ciudad. En sus cúpulas visibles desde cualquier punto de la incipiente cuadrícula, las campanas recordaban el rito de la misa, la oración y el catecismo. La Iglesia siempre ha sido un espacio abierto a todos y busca llegar a todos, pero los misterios de la religión eran apenas accesibles a un cenáculo de iniciados, únicos autorizados a leer en el latín de la Biblia e interpretar los signos del mal en las conductas de la gente. Se permitía la amplia participación de todos, pero en sumisión y aceptación a la palabra de Dios ejercida por la Iglesia, sin posibilidad de darle un significado distinto a la búsqueda religiosa y a la interpretación del libro único.
La ciudad de los eclesiásticos es la cúpula que produce la interpretación correcta y espera y obliga la subordinación de los fieles. La obediencia se aprende a través de la memorización de reglas, de verdades que reclaman seguimiento firme, con las cuales será posible dominar la vida para colocarla en la senda de la virtud: «Así, el niño antes de soñar con ser señor debía aprender a sentirse esclavo […] El niño tiene que aprender a creer antes de razonar, a confiar antes que a desentrañar el objeto de sus creencias y visiones, a sentirse dependiente antes de poder ser independiente» (Castro Leiva, 1996: 196; énfasis del autor)
Por otra parte, en los ámbitos cultural y político de la colonia, la ciudad hidalga ofrece la civilización, a través de la cultura hispánica, en pos de lo que ha sido llamado la «Europa primera» (Briceño Guerrero, 1994). Los misioneros y encomenderos enseñan la lengua hablada, las técnicas de la agricultura y de la cría, pero sólo aquellos de buena familia tendrán alguna posibilidad de ser educados en la lengua escrita.

A pesar del espacio copular de la ciudad hidalga hubo una consecuencia impensada de la unificación a través del orden de los signos, y es que al reconocer al indígena, al africano, al mestizo como hijos de Dios también se les estaba dando la oportunidad implícita, nunca escrita, de ser admitidos en el ecúmene en tanto Otro diferente o no europeo. Los excluidos de la ciudad colonial no lo son de la condición cristiana. Ellos encuentran su conexión social a través del nuevo dios y los ritos impuestos. Sobrevivir era lo importante, al precio de la subordinación explícita. Y, tácitamente, eso lleva a fusiones de creencias, ritos y tradiciones, de las que las apariciones de la Virgen María a los indígenas son una clara expresión de la rica heterogeneidad que se cuela en la vida, sin que sea claramente reconocida, o mostrándose encubierta bajo el signo de la subordinación, aunque sí vivamente sentida y saboreada.
En definitiva, la colonización española fue distinta a la inglesa, holandesa y francesa, ya que ella unifica a través de la palabra y fusiona a través del encuentro erótico entre razas. Briceño-Iragorry (1998: 14) decía que: «La conquista española no debe juzgarse desde los bohíos del aborigen, sino desde una posición universalista. Con las carabelas de la conquista venía un imperativo de cultura, más que un simple propósito de lucro». Los colonos, una vez evangelizados, son considerados cristianos. Forman parte de la civilización occidental y así fueron tratados por los misioneros, la Iglesia y el imperio. Este es un sistema de incorporación que creó un mundo nuevo y no solamente expolió las riquezas y no le importó el otro. Aquí se preservaron las lenguas indígenas para traducir la Biblia, se mantuvieron ciertas tradiciones culturales: culinaria, vestuario, herbolaria, etc., y se abrieron las puertas de la ciudad a aquel que viniera a adorar a su Dios y hablara su lengua. En ese sentido, Olavarría ha reivindicado que se trata de un sistema de incorporación análogo al imperio romano, que produjo similares resultados en el mundo antiguo: una familia de pueblos latinos, como hoy día hay una familia de pueblos hispánicos. Ello fue posible sobre todo por esa «convivencia urbana o ayuntamiento de moradas» que fue el Estado universal creado por España (Olavarría, 2000).
Hubo una «convivencia urbana» en la ciudad hispanoamericana, sólo que la vemos en función de una jerarquía única organizada por un deber ser ilusorio e imperativo, establecido por los signos de una trama preestablecida. La «convivencia» crea una comunidad universal de cristianos que no ha hecho suya su identidad política, que se traduce en una forma cerrada copular que ata hacia abajo, unívocamente, ya que las pautas de la ciudad hidalga siguen pesando como una exigencia obligada de lo que supuestamente debemos ser y no somos, subordinando el contexto de la nueva realidad y a los otros diferentes, considerados inferiores y nulos culturalmente.
Si hay subordinación unificada por la lengua y por las creencias, la unión por la sangre completa la contradictoria criatura. La fusión de pueblos la lleva a cabo un conquistador que proviene del pueblo, no de la jerarquía del Estado español; sin títulos nobiliarios, mestizo de otras razas cruzadas como ocurría con el pueblo español, y sobre todo sin aquel purismo corporal que le impedía al inglés ser atraído por la doncella indígena o mulata. Ese europeo tuvo hijos con ellas, y en muchos casos funda una familia en la ciudad (Herrera Luque, 1979). Con el tiempo los descendientes, llamados criollos, se sentirán más de aquí que de allá. Y progresivamente romperán con la metrópoli.
El purismo del conquistador y de los hidalgos de Indias era formal y no corporal. Una tensión entre los preceptos de superioridad racial, legal, política y militar, y los sentimientos cristianos y placeres corporales, regía la vida social de la ciudad. Al punto que se hizo famosa la expresión «se acata, pero no se cumple», con la cual se indicaba ese margen de independencia no admitida pero real. Se acepta públicamente la buena forma, pero se adapta calladamente su aplicación al contexto.







