La casa, el taller,
la revista

Fragmento del capítulo X del libro «Tiempo hendido. Una aproximación a la vida y obra de Antonia Palacios», de Roberto Martínez Bachrich, ganador de la décima edición del Concurso Anual Transgenérico

POR: Fundación para la Cultura Urbana

LA FULGURANTE EXPERIENCIA DE CALICANTO (Y SUS HOJAS)

 

A mediados de los años setenta, Antonia ha vuelto a caer en una depresión cuyas intermitencias, desde la muerte de su hija e incluso antes, son parte constitutiva de su ser. Una vez más, los amigos proceden a lanzarle un salvavidas. Oswaldo Trejo, desde la dirección de los recién creados talleres del Celarg, invita a Antonia a dictar el taller de narrativa. Ya es una escritora madura, con una trayectoria sólida y un renombre que ha comenzado, varias décadas antes, desde la publicación de Ana Isabel, una niña decente. El mismo año de la oferta de Oswaldo, 1976, Antonia acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura, reconocimiento que viene a ser, entonces, el aparente broche de oro de su vida literaria. Aunque aún faltan unos pocos años para que nuestra autora dé a la imprenta la versión definitiva de su mejor libro. En todo caso, Oswaldo hace la oferta. Más que una oferta parece una tierna amenaza necesaria, un intento de empujar a Antonia, una vez más, fuera del abismo que de nuevo y por siempre la ha estado tentando. Antonia en principio se niega: duda, no se siente segura, acaso no se cree capaz, pero Oswaldo la conoce, tiene sus métodos y no descansa hasta que logra persuadirla con toda clase de afectuosas artimañas, con esa «gracia lúdica que Ángel Rama señalaba como uno de los grandes dones del narrador andino. Comienza así la aventura de la que germinará luego el taller Calicanto.

Ya entonces los talleres del Celarg duraban un año. En el taller de narrativa de Antonia participaron, inscritos formalmente o como oyentes y —escribientes—, Eduardo Liendo, Alberto Guaura, Eleazar León, John Petrizzelli, Gustavo Morales Piñango y María Elena Ramos, entre otros.

María Elena Ramos recuerda el día que llegó a ese taller:

 

Asistí al Centro Rómulo Gallegos, un día, a ver qué pasaba, al taller de Antonia Palacios, como oyente. Y pasó que me encontré con uno de los seres más especiales que han transcurrido y seguirán transcurriendo, para siempre, en mi vida. Señora de rojo, señora vibrante y sonora, Antonia supo hacerse también tenue: habló con la poesía, el gesto, la gracia. Relató sueños que parecían ya escritos. Pero, por si no lo estaban, la realidad me obligó de inmediato a escribirlos. Mi visita siguiente al taller de Antonia fue el momento de devolverle un relato que habría querido transfigurar en «Señora de Rojo que soñaba un cuento, su sueño («Antonia»).

 

Curiosa mecánica de taller: una hermosa escritora cuenta lo que soñó y el sueño parece un cuento. Efecto seguro de tan extraño método: una sesión más tarde, uno de los talleristas lleva un cuento basado en aquel sueño. Variante de un antiguo juego literario, tan explorado en materia del cuento breve desde Chuang Tzu hasta Borges, Piñera, Monterroso o Jiménez Emán, y que Francisco Rivera referirá —el desdibujarse de las fronteras entre relato y sueño— como efecto frecuente en los cuentos de nuestra autora. Y aunque esa iniciación en Antonia que relata Ramos se amplió y derivó en la mecánica natural y rigurosa de todo taller —escritura individual, lectura grupal, relectura, ejercicios, critica—, la gracia de Antonia nunca dejó de cobijar a los integrantes de aquel taller primero que, ya editorialmente hablando, dejó sus frutos al alcance de futuros lectores. Así, en el catálogo de publicaciones del Celarg por aquellos años se encuentran, por ejemplo, los libros Negro lógico de John Petrizzelli, Aves de madera de Gustavo Morales Piñango y Desde los otros lugares de Alberto Guaura, como productos del taller de narrativa que dirigiera en el Celarg Antonia Palacios entre 1976 y 1977, año en el que también se dictaron allí talleres de poesía (Alfredo Silva Estrada), ensayo (Tomás Eloy Martínez) y dramaturgia (Elizabeth Schön).

Culminado el lapso que dictaminaba la institución para la vida de sus talleres, entre los jóvenes escritores y Antonia había quedado una misma sensación: todo fue muy rápido. muy breve, apenas ahora comenzaba lo bueno: en una palabra, se había fundado el hambre de más taller. Los talleristas piden, entonces, una segunda etapa. Y Antonia, que ya les ha tomado cariño, que ha recobrado mucho de su vigor gracias a ese contacto semanal con los muchachos, ofrece inmediata- mente su casa como lugar de reunión. En uno de los primeros números de la revista que luego vendrá a coronar la experiencia del taller y a sellar su trascendencia, escribe Antonia refiriéndose a ellos: «Ustedes los jóvenes, que a mí me han acogido abriéndome entre sus filas un sitio cálido, haciéndome olvidar. tantas veces, los años que nos separan…» (Hojas, n.º 1, p. F). Y en un número posterior, nuestra autora reafirma ese afecto y ese agradecimiento: esos lunes, de una u otra forma, han extendido la juventud de su espíritu, han cerrado de a ratos las puertas de la muerte:

 

Estos jóvenes artistas que yo, en un prolongado momento de ilusión, los llamo «míos, ya que todos los lunes vienen aquí a comunicarme, por medio de la palabra escrita, sus anhelos y sus dudas, y yo les espero como si fuese uno de ellos. olvidándome del tiempo, muralla indestructible que se levanta sobre nosotros (Hojas, n.º 3. p. 1).

 

Como si fuese uno de ellos, dice nuestra autora. Y en verdad lo era. Los calicantinos han referido, prácticamente en coro, como desde el principio Antonia los impulsaba a sentirse en confianza, a tratarse de iguales: «Antonia Imponía el tú. Detestaba que la trataran de usted, recuerda Lourdes Sifontes Greco. No es nuevo, en cualquier caso, este amor de Antonia por los jóvenes, su natural cercanía con ellos. No es nueva para ella, tampoco, la conciencia de esa Inyección de vida que los jóvenes le dan. Ya en los años parisinos Antonia está rodeada de los que por entonces los contemporáneos de ella —Frias, Uslar, Otero Silva, Carpentier— Ilamaban «sus adolescentes»: Chacón, Sanoja, Silva Estrada, Parra y Guevara. Pero estos adolescentes, los que aún entonces están en la vida, ya son hombres y mujeres de aproximadamente cincuenta años. Guillermo Sucre recuerda cómo a Antonia «la hacía reír el hecho de que sus adolescentes ya tenían canas». Y así, como dice Vasco Szinetar en tono de broma, esa «vampira espiritual» que es Antonia necesita sangre nueva.

El pacto está hecho. Cada quien invita a dos personas más que estén interesadas en la escritura y la nómina, de golpe, se triplica. Calicanto llega a tener una participación variable de entre quince y veinticinco personas cada lunes. Se abandona la vieja casa del autor de Doña Bárbara y se toma la de la autora de Los insulares y el autor de Canícula. Empiezan las reuniones en la vieja casa de Altamira, en la Primera avenida, entre la Novena y Décima transversales, en una apacible y acogedora calle, en la tercera, la última —en vida de la autora— de las Calicantos. Se ha puesto en marcha, así, discretamente, sin bombos ni platillos, una de las experiencias decisivas de la cultura nacional del siglo xx. «El mejor lunes que ha habido en la literatura venezolana se llama Calicanto», dirá Leonardo Padrón, uno de los talleristas.

 

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