Ficciones asesinas, de Krina Ber

Primer capítulo de la novela ganadora del Premio Anual Transgenérico 2020, publicado por la Fundación para la Cultura Urbana

POR: Krina Ber

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Esta historia se cristaliza como tal con la muerte de Ambrosio Garza quien voló desde su balcón del quinto piso en una silla de ruedas. Pero en realidad no tiene un comienzo definido, como no lo tienen las formas de las ciudades o de las rocas que esculpe el mar, ni las vidas cuando quedó atrás la mayor parte de ellas. Podríamos iniciarla en cualquier día cercano a aquel suceso, en cualquier entrada que haya tecleado en su diario Elizabet Rosenberg, viuda, escritora, habitante del Conjunto Mayoral, apartamento A25 y protagonista de estos eventos.

Por ejemplo, en esta:

MIÉRCOLES, 28 DE MAYO

He leído posts sobre ella y hoy, en efecto, la vi, enorme en la oscuridad del sótano. Por suerte, muerta: los gatos han hecho su trabajo, como dicen los defensores de los gatos de nuestros grupos de WhatsApp. Desde que se echó a perder la segunda bomba de agua las alimañas se han vuelto visibles, quizás envalentonadas por las cañerías vacías. A una vecina del primero le saltó un ratoncito de la poceta. Pequeño, un bebé, precisó casi con ternura. Brrr. Pero esa rata, la que vi, no era un bebé ni tampoco podría saltar, gracias a Dios: estaba tiesa, con los dientes afilados fuera de la boca y la barriga que ya comenzaba a hincharse.

La vi, y el ansia de procesar lo que vi me impulsó a releer a Clarice Lispector como se toma un vaso de agua purificadora; al menos unos sorbos de Clarice que parece tan despreocupada por la acción y la velocidad del relato y por no aburrir a nadie con descripciones minuciosas. Y, sin embargo, basta una rata muerta precisamente: una rata muerta para poner en jaque a toda la creación de Dios, basta un ciego mascando chicle para que tambaleen los más sólidos andamios de una vida. Su narrativa me envuelve como una nube de escarcha que se extiende hacia afuera de mi cocina abarcando con su magia el pedazo de cielo y el apamate que florece en el patio y hasta los miserables balcones del edificio C que suelo espiar a veces entre sus ramas; me revitaliza la mente, hace renacer las ganas de ser y estar y escribir así, de esa manera. Pero uno es lo que es, y tú, mi querida Bet, no posees el vuelo de los grandes. Sacre Clarice. Tú narras lo que ella hace intuir. Tú dices, y ella lo infiltra por ósmosis; tú necesitas manosear con los diez dedos lo que ella apenas roza con su ala inasible. En la prosa de Clarice hasta una gallina vuela. ¿Pero cuán alto puede volar una Rosenberg con sus alitas de nada y las patas de uñas rojas hechas para escarbar la tierra?, una Rosenberg falsa, para colmo, ya que ni siquiera es judía. ¡Jajaja! Sin embargo, tras releer algún fragmento de Clarice renace la ilusión de que ex existe un nivel de narrativa en que la realidad devela su dimensión paralela. Y por unos instantes estoy feliz. Me emociono, me sube la tensión, me derrito sobre una página, aunque sea de este diario y trato, trato, Qué bien, tía, diría Daniela, como lo decía antes cuando todavía traía a veces una botella de vino chileno y las copas nos soltaban la lengua. Celebro que lo estés intentando. (Subentendido: tal vez produzcas por fin algo publicable).

Sarcasmo injusto, Bet: esto huele más a tus propios pensamientos que a palabras de tu Dani. Y el vinito, chileno o no, está entre las primeras cosas que se han acabado, son ya unos cuantos años. Primero fueron los vinos y los postres, luego el azúcar, los quesos, las manzanas y los dulces; ahora también el café, el té, leche, arroz y atún en lata pasaron al rubro de artículos de lujo. Y el pan.

No hables del pan, Bet. Nada de pan. Este diario no es para hablar del pan, ni de las colas para comprar el pan. Demasiada gente por aquí se dedica a documentar estas realidades hasta que reverberen en las redes, repetidas, multiplicadas y ampliadas, como si no bastara con padecerlas. No hace falta tu voz en ese coro de crónicas y quejas. No obstante, las putas realidades presionan y se cuelan entre las líneas que tecleo. Por ejemplo, esa rata muerta. No tenía por qué mencionarla. No sé qué hacer con ella en la narrativa y, en el plano práctico, menos. Debo decir que tampoco lo supo la conserje: parecía una chiquilla asustada, incapaz de acercarse. Quien liquidó el asunto en un dos por tres con una bolsa negra y un par de guantes desechables fue el italiano del sexto. ¿De dónde sacó esos guantes? ¿De su época de detective? Las vecinas se lo preguntaban anoche en una de las habituales tertulias que se forman en el segundo sótano cuando hacemos cola para sacar el agua desde la trampilla del tanque con el tobo amarrado a una cadena, como nuestras abuelas la sacaban del pozo en la plaza de algún pueblo. Lástima que nuestra plaza de pueblo sea el cuarto del hidroneumático alumbrado por una bombilla, con tuberías en todas partes y olor a cemento mojado. Aun así, es una interesante alternativa para las discusiones en las redes entre seudónimos, alias raros y números de teléfono sin nombre.

Bueno, tampoco vamos a romantizar la situación. Así procedíamos, en efecto, con tobo y cadena, durante los primeros días sin agua corriente, hasta que el gordo Esteban de la junta de condominio mandó instalar una llave y una manguera. El asunto de la bomba se alarga indefinidamente porque su reparación le compete a DEMU (Departamento de Mantenimiento Urbano) de la Zona Siete, y muchos usan ese argumento para ahorrarse la cuota extra que habría que pagar para repararla por cuenta nuestra. En teoría tienen razón, ya que DEMU nos cobra impuestos por el derecho de ocupar los apartamentos que habían sido nuestros. En la práctica, mejor ni hablar; de modo que la discusión sigue. Por ahora tenemos una manguera con poca presión y el agua llena los tobos con un chorrito de lentitud suficiente como para que podamos mirarnos a los ojos en la penumbra, preguntando o adivinando quién es quién en el grupo de chat del edificio. En el sótano no hay señal. Conversamos entre los vecinos y me divierte unir las caras familia-res con los nombres que conozco de sus tuits y posts en WhatsApp. Confirmé que Carmora7 es Carmela —la menor de las Morales y la única pelirroja— que no vive en la planta baja como sus dos hermanas, sino en el cuarto. @Walkiria debe de ser la mayor de ellas, Caridad, y le va como un guante con su porte de guerrera y perpetua expresión marcial.

A nuestra edad, las expresiones de la gente tienden a ser perpetuas, fijadas en los pliegues, esculpidas en las arrugas. También se parecen a las de sus mascotas. Da risa ver juntas a Maruja, la conserje, y su gorda bóxer Norita. Miran igualito, de medio lado, tuercen igualito el labio inferior. Y da risa que @Norita sea precisamente el alias de la señora en los grupos del Mayoral A, B y C y del conjunto Mayoral unido y del WhatsApp oficial de toda la Zona Siete: una identificación completa. ¿Y tú Bet? ¿Te pareces a Puh? Pero si los gatos conservan su misterio bajo una apariencia inescrutable, los gatos no se parecen a nadie, ni los callejeros, ni los mimados como Puh. ¿Qué expresan tus líneas y arrugas, Bet? ¿Se te ve tan amargada como no te sientes pero deberías, mujer, con esa vida que llevas? No lo sé. Nadie se ve a sí mismo como lo ven los demás. Es más divertido mirar a otros, a veces hay verdaderas sorpresas. Cuando se me presentó Lucinda Pérez del sexto, tuve que modificar las fichas organizadas en mi cerebro al descubrir que @Coronel, a quien, por el tono de sus posts me lo imaginaba como una suerte de militar retirado, era una mujer menuda, con el cabello blanco y la mirada irónica, siempre tan correcta cuando coincidimos en la calle o en el ascensor. En cambio, no me extrañó conocer a Luzmari, tan viejita y dulce como los mensajes que postea con angelitos y flores. Y algo me dice que @Diosmecuida es Bladimir, el calvito, que vive en el Mayoral B; ese hombre habla como tuitea: en acertijos. Aunque ¿por qué viene a buscar agua en el tanque del Mayoral A si la bomba del B no está averiada? Así que el calvito no es Bladimir, o no es Diosmecuida, o no vive realmente en la torre B. Ajá. ¿Cuántos más acertijos habrá entre esos rostros conocidos y seudónimos que con-funden? Dicen que los infiltrados del gobierno pululan entre nosotros, virtuales y analógicos, en nuestras urbanizaciones, conjuntos, quizás en cada edificio. Típica paranoia totalitaria.

Una cosa es indiscutible: llevamos un montón de años en Residencias Mayoral, incluso en el mismo edificio A, y tenían que estropearse las dos bombas de agua para que la gente comenzara a conocerse más allá del saludo en el ascensor.

Krina Ber
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