El cañonazo

Relato perteneciente al «El libro de la Navidad venezolana», publicado por la Fundación para la Cultura Urbana y compilado por Efraín Subero

POR: José García de la Concha

Raro era el caraqueño que decía «Voy a esperar el Año en tal o cual parte»; por lo regular, siempre se hablaba del «cañonazo». Yo esperaré el «cañonazo» en la Plaza Bolívar; nosotros esperaremos el «cañonazo» en la Santa Capilla o bien en casa. Y era curioso observar que, aun sonando las doce, nadie hacía nada hasta no oír el estampido del cañón en La Trinidad o en La Planicie.

Para el caraqueño de época pasada, sentir el «cañonazo» era la llegada del Nuevo Año con todas sus penas y alegrías. A muchos encontraba el día primero del año tranquilos, indiferentes, y les preguntaba y me contestaban: «Si yo no sentí el cañonazo; yo estaba durmiendo»; y yo soy de los que si no sienten el «cañonazo», para mí es una noche cualquiera. Efectivamente, mi abuela me decía: «Lo que soy yo: me acuesto temprano porque no quiero oír el “cañonazo”, porque me da mucha tristeza, me trae muchos recuerdos».

En muchos países, al dar las doce, sueltan las sirenas de todas las fábricas. En los puertos son los vapores anclados en la rada. Y en alta mar, el trasatlántico que deja oír en la soledad inmensa de los mares su ronca sirena anunciándole al pasajero que bebe champaña en el salón que ya comenzó el nuevo año.
En provincia, en el interior, son cohetes y triquitraques, y en las plazas principales fuegos pirotécnicos, los que anuncian el Año Nuevo.

En todas partes he estado y en todas partes he recibido años, pero francamente puedo deciros, quizás porque soy caraqueño por dentro y por fuera, que ese estampido del cañón a medianoche, solo, con su voz de trueno, habla mucho. Despide un año e inicia otro cuanto irrumpe el Himno Nacional y brotan de todos los corazones, en precioso enjambre, el amor a Dios, el amor a la patria, el amor a los padres, esposas e hijos, el amor a nuestros semejantes, y es como el momento en que todos tenemos el alma limpia. Y es la voz del cañón, el arma mortífera de los hombres que seguida por las voces de las campanas, voces de ángeles, nos recuerda a nuestros antepasados y nos une a todos en el Himno inmortal de nuestro Bravo Pueblo, que penetra en nuestros corazones, y así sea en la Plaza Bolívar, en la
Casa de Dios, en nuestros hogares, todos sentimos con el «cañonazo » un lazo de unión y confraternidad deliciosa que nos hace más y más sentirnos venezolanos y alabando a Dios y a nuestro padre Libertador soñamos en un futuro promisor y en una patria venturosa y un porvenir dichoso.

En época lejana, en nuestra humilde ciudad de la torre  blanca, los techos rojos y las azules lomas, en el antiguo San
Carlos en La Trinidad, en el ángulo que mira al sudeste, se instaló un grande y viejo cañón de épocas remotas; negro, solo, era como el vigía de la ciudad; todos lo respetaban y querían; era como un símbolo para crear un museo.
Este cañón era familiar entre los caraqueños; no había nadie que no lo conociera. Tenía su personalidad. Y había chicos que le llamaban «La Cochina», otros «La Verraca», y como sólo dejaba oír su voz en Año Nuevo o fiestas nacionales, le decían «La Casaca» y de ahí se originó el conocido estribillo de:

La Cochina,
La Verraca,
la casaca
de tu papá.

Por muchos años «La Cochina» daba el estampido de medianoche en el Año Nuevo y todos la esperábamos. Al día siguiente eran romerías de muchachos los que nos llegábamos hasta allí, a ver, oler y tocar el consabido monstruo y a preguntarle al centinela cómo la habían cargado, cómo la habían prendido, cuánta gente mató, si se oyó fuerte y tantas cosas que preguntan los chicos.

Cuando llegó el gobierno de Cipriano Castro y se levantó en La Planicie la Escuela Militar, instalaron en el ángulo nordeste dos viejos cañones para las salvas de ordenanza y a ellos se les encomendó «el cañonazo de Año Nuevo». «La Cochina» descansó y no sé qué se ha hecho. Como antigüedad, reliquia histórica y mismo como un auténtico recuerdo de la ciudad de Caracas que se nos va, pido un lugar adecuado en cualquiera de nuestros museos para esta joya de nuestro pasado.

El cañonazo es algo íntimo del pueblo de Caracas, de su tradición, de sus costumbres, y nadie está osado a suprimir.

Si este año yo no oigo «el cañonazo», diré con la frase hípica: «Ya no hay nada que hacer», esto se acabó.

José García de la Concha
Artículos más recientes

    Biblioteca
    FCU
    Lecturas
    recomendadas

    te puede interesar