Cinco poemas de «Casa de pisar duro»

Estos poemas de Gina Saraceni pertenecen al poemario ganador de la undécima edición del Premio Anual Transgenérico 2011, auspiciado por la Fundación para la Cultura Urbana

POR: Gina Saraceni

Las casas mueren cuando se vuelven árboles.

cuando una mancha vegetal las recubre

y convierte en jardines verticales.

 

De sus ventanas brotan raíces

que rozan el filo de las nubes.

 

La casa muere con el verano en la garganta.

 

Hubo luz, un tiempo, en esa casa.

Hubo vidrios limpios que acogían una

mano temerosa de que el viento los quebrara.

Hubo niños oliendo a pinos y olivares

y una puerta grande donde entraba

todo el pasado y su memoria.

 

Los muertos regresan a la casa,

hablan una lengua incomprensible y

levantan el polvo acumulado de los años.

 

Puede que aquí el tiempo se detenga

y solo exista el instante en que la casa

se torna un paisaje fugitivo.

 

Todo se mueve en su cuerpo de piedra,

hasta la hoja más pequeña que se asoma

a la intemperie y se abandona.

 

No hay de dónde sostenerse

para seguir de pie ante la casa;

para no caer delante de sus ruinas

y volverse una planta más que la recorre.

 

No se puede mirar tanto pasado

sin perderse en el hueco vertical

de sus paredes.

 

No se puede mirar en ese quiebre

sin pensar que alguien fue feliz en esta casa

alguien aferrado al canto de los grillos.

 

***

 

En la casa se oye crecer una raíz

se abre paso en cada

hueco que encuentra

en su transcurso.

 

Es sangre la que corre por esa vena inmensa.

 

Es la casa entera que germina

en el piso abierto de junio.

 

Una araña mueve la tierra

 

hala sus hebras más delgadas.

 

Los helechos saben

que las raíces crecen

hacia adentro

 

lejos todavía.

 

***

 

El amanecer llega a la casa lentamente.

 

Nada quiebra el silencio que queda de la noche.

 

Solo se oye respirar a los insectos.

 

El padre y la madre desayunan.

 

El padre muerde el pan duro,

lo moja en agua y aceite

come la harina espesa de la guerra.

 

La madre, en cambio,

prefiere la avena y la manzana,

hechas arena al tacto de su lengua.

 

Ambos comen la corteza

del tiempo que se acaba.

Ese ser dos en la vejez,

aferrados a un ritual

que les devuelve los primeros

paisajes de sus vidas.

 

Ese ser hijos de lo mismo,

del mismo pan duro que mastican,

sin que la miga ceda

al diente que la muerde.

 

***

 

No se puede abandonar

el cuerpo que se ama.

No se puede dejar el lugar

en que cava sus raíces.

No se puede morder el viento

ni caminar derecho, no,

ya no se puede.

 

Allí donde los labios se abren

para exigir la rotación de la espalda,

que el deseo responda

al llamado de la lengua.

 

En la nuca el silencio

duele más que en otro lado:

es el cuerpo que llevamos

a cuestas del amor

y cede al alfabeto que se acaba;

es un temblor que sacude

los huesos y los quiebra,

 

un largo y sostenido temblor.

 

***

 

Trepa Ann Darrow

el cuerpo de King Kong.

Trepa el aire.

Trepa hasta la cima de la torre

hasta alcanzar los dedos de la selva.

 

Incansable es el ascenso.

El deseo de subir

la vuelve más liviana

más frágil la convierte

la altura de la bestia.

 

Las caricias de King Kong

no son para este mundo.

Tampoco su rugido,

su lengua brava

que descarrila el verbo

y hace estremecer

el parque a medianoche.

 

Manhattan es un gorila que agita su deseo.

 

Manhattan es Ann Darrow

sujetándose el vestido

mientras sopla el viento de la isla

que desordena al animal oculto

que la habita.

 

En la selva de Manhattan

solo cabe la pasión simia de un gigante.

 

Solo resuena el estertor de su extravío.

 

Es feroz con la bestia la ciudad.

Y no perdona la belleza

cuando supera

el tamaño previsto

por los hombres.

 

Salvajes son siempre

dos cuerpos que se tocan.

Salvaje y animal

el aire que agita la piel de sus miradas.

 

Nunca es humana la pasión.

 

Las bestias también lloran.

Sus lágrimas pesan como carne,

su caída perfora las aceras.

 

La bestia sabe que va a morir:

se golpea el pecho y

se agitan los nervios

de Manhattan

 

Nada será igual

después de la caída.

 

Después será desierto

salvaje        animal

 

después

 

será el adiós.

Gina Saraceni
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