Marco Negrón

Caracas
a futuro

Pensar en un posible mañana de la capital venezolana implica hacer un inventario de los errores y exclusiones pero también de los logros y aciertos.

POR: Marco Negrón

No cabe duda que el desarrollo de Caracas a lo largo de todo el siglo XX, o mejor, a partir de 1940, cuando empieza a desvanecerse la ciudad colonial y a formarse aceleradamente la moderna, está lleno de carencias y de errores, de olvidos y exclusiones; pero sería una peligrosa equivocación menospreciar los logros y aciertos alcanzados durante esos años, que no sólo también existen sino que además se cuentan entre las herramientas necesarias para enrumbarla hacia un mejor futuro.

Muchos, entre ellos caraqueños de indiscutida fama, han puesto el acento en lo primero: en 1989, por ejemplo, Juan Liscano denunciaba «la destrucción del valle» y «el crecimiento canceroso de la urbe»; mientras que en 1991 Arturo Usar Pietri, inapelable, sentenciaba: «Lo que ha ocurrido en Caracas en este último medio siglo es irreparable». Pero a la hora de hacer el balance y contrariando a autores de tanto prestigio, se identifican logros que emergen con fuerza extraordinaria. Y aunque es verdad que no han bastado para compensar las carencias, reconocerlos permitirá iluminar la ruta a recorrer para construir la ciudad justa y hermosa siempre deseada.

El punto de partida es el reconocimiento de que esta ciudad, además de ser favorecida por las excepcionales condiciones naturales del valle en que se asienta, también ha conocido intervenciones humanas que, al lado de inevitables chapuzas, incluso aberraciones, han producido obras que no desmerecen de aquellas, no sólo es términos de íconos aislados sino también de dilatados ejes urbanos.

Por evidente no se mencionará aquí la magnífica Ciudad Universitaria; en cambio se quiere centrar la atención en lo que se ha dado en llamar el núcleo cultural de Los Caobos que, partiendo de los museos de Bellas Artes y Ciencias Naturales, en el borde Oeste del parque, se proyecta a través del Ateneo de Caracas, el Complejo Cultural Teresa Carreño, el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber, el Museo de los Niños, la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas y el Museo Cruz-Diez, atraviesa el Centro Simón Bolívar para rematar en El Silencio, con la notable plaza O’Leary y el decimonónico parque de El Calvario. Fueron en su momento instituciones caracterizadas por la alta calidad de los servicios que prestaban, alojadas en edificaciones de singular y a veces excepcional valor implantadas en un espacio público (el parque y las generosas aceras de la avenida Bolívar) que las potenciaba, facilitando la movilidad y propiciando la concentración ciudadana. Pocas ciudades en la región podían presumir de un polígono cultural tan potente y de tanta excelencia, configurado a lo largo de los años de manera espontánea, sin un plan de conjunto pero sobre terrenos de propiedad pública.

En el último tramo del siglo XX se logró activar el desarrollo de la Zona Rental Norte de la UCV, una vasta área de 10 hectáreas, bisagra estratégica para la articulación del Parque Los Caobos con la Ciudad Universitaria y Sabana Grande, abriendo la posibilidad de diversificar y ampliar hacia el Este el efecto ya alcanzado hacia el Oeste.

Comenzando el siglo actual todavía se produjeron varias intervenciones de valor: hacia el Oeste se emprendió la construcción de la sede de la Galería de Arte Nacional, un proyecto postergado desde hacía varios años, y se erigió el Museo de la Arquitectura; hacia el Este, colindante con el Parque, se levantó la magnífica sede del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles.

Lamentablemente, la mayoría de esas instituciones tienen hoy una vida vegetativa y en sus otrora pletóricos espacios reina la desolación; por eso no sorprende, aunque duele profundamente, que el más reciente informe de la Unidad de Investigación de The Economist sobre las ciudades del mundo ubique a Caracas entre las diez peores para vivir, única de América y Europa en tan vergonzoso lote.

Sin embargo, pese al inevitable deterioro, la infraestructura resiste y es de esperar que sobreviva al inevitable naufragio “bolivariano”: desde ahí se deberá emprender el renacimiento de la ciudad, con la dignidad que por su historia merece y la capacidad para enmendar sus errores y atender sus carencias; como lo reconocía el Secretario General de las Naciones Unidas en vísperas de la Conferencia Hábitat III: “nuestra batalla por la sustentabilidad se ganará o se perderá en las ciudades”.

Sin olvidar que la gran carencia del siglo pasado, magnificada en este, ha sido la incapacidad para lograr la plena incorporación de los centenares de miles de caraqueños que levantaron a pulmón media ciudad, garantizarles el acceso a espacios públicos de alta calidad sería un paso, primero pero trascendental, para cancelar una deuda mil veces postergada. Pese a todo, Caracas todavía tiene recursos insuperables para ganar la batalla; ojalá que la convergencia en sus líderes de dos raras virtudes, lucidez y voluntad política, permita aprovecharlos.

Marco Negrón
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